Lo lloramos y es sorprendente. ¿Por qué los varones lo lloramos? Quizás porque fue al único ídolo que vimos llorar una y otra vez. Por amor, por dolor, por frustración, por tristeza. Los varones de la generación Maradona vimos por primera vez a ese hombre llorar por televisión aquel día de 1990.
El vínculo entre nuestras emociones y el fútbol está empapado de contradicciones. Pero ninguna muy diferente a la que vivimos todos los días cuando el patriarcado nos sale por los poros. Las canchas son ese terreno donde la fraternidad y el pacto de caballeros se despliega casi como en ningún otro lado, con códigos que solo nosotros -hasta hace poco- creíamos entender.
Allí también se llora, aunque esté prohibido.
Como él, muchos de nosotros les debemos a ellas -a las mujeres, no a las canchas- nuestra posibilidad de llorar sin tanta vergüenza, frente a nuestras hijas, frente a nuestros amigos.
La transparencia en su vida también incluía sus emociones, las sanas y las violentas. Así y todo, su persistencia en no respetar determinadas estructuras enfrentaba algunos mandatos. Entre ellos el que reza que los hombres no debemos llorar.
Este llanto público prohibido durante tanto tiempo es nuestra válvula de escape, como la de los machos el día que murió Pappo, como la de cada uno el día que se fue el Flaco, como la de todos el día que se fue Diego.
Las lágrimas de estos días quizás no sean por él, sino que surjan de ese dolor que se hizo comunidad, de la muerte que produjo ese abrazo colectivo, el agradecimiento humano de una muchedumbre que nunca supo muy bien como devolverle todo el amor -sí, amor; no felicidad- que él repartió.
Nos lloramos, ahora que podemos, para intentar sentir-nos libres, imperfectos y vulnerables, como él.
Gracias Diego, también, por ayudarnos a llorar.