Tengo un vago recuerdo. Ocurrió durante el fin de algún verano, o el principio. Mis viejos viajaron a Chile. Y yo era chico. Muy chico para entender, pero no tanto como para no recordar.
En la casa que me quedé esos días había pileta, un patio techado, un parque casi como el de una quinta de veraneo. Allí vivían una pareja amiga de mis viejos y sus hijos, bastante más grandes que yo. Había una computadora, que tenía juegos en disco 5 1/4, como el Príncipe de Persia o el de la NBA. Nunca había jugado con una computadora ni visto un disco 5 1/4.
Pero además de todo eso, que supongo que sería lo que cualquier chico recordaría, porque en casa no había ni pileta ni computadora, algo se repetía todos los días y era alucinantemente nuevo. Desde una habitación a la que no entré mientras estuve allí se escuchaba música. La misma música que escucho ahora mismo y se me pone la piel de gallina. Todos los días era el mismo sonido. La introducción de ese disco sonaba y sonaba.
Yo creo que allí empezó algo de mi obsesión por escuchar discos completos y nunca canciones aisladas y mezcladas. El disco íntegro se repetía si cesar.
De esos días me llevé dos cosas fundamentales: el primer cassette grabado que alguien me regaló y un recuerdo que sedimentó un placer por la música que comencé a entender mucho tiempo después.
Resultó ser que el recuerdo no era tan vago.
Todavía hoy no logro dilucidar que es más importante, si el placer por la música, o encontrarse a personas que disfrutaban tanto de escucharla que nos terminamos contagiando…