Estamos excesivamente acostumbrados a que todo debe ser predecible. El clima, las relaciones, la economía, la música.
Pero pasa algo raro cuando eso no pasa. Existe un péndulo de reacciones que deambulan entre el éxtasis y el odio. Están quienes sufren de pánico ante lo impredecible y quienes disfrutan de lo inesperado.
Hay un umbral temporal en el que nuestros sentidos se debaten y luchan por decidir si lo que estamos presenciando, encaja con lo que esperamos o debemos mantenernos alerta. Un alerta permanente hacia no se sabe bien que destino.
Se ha repetido hasta el cansancio, lo esperado, da tranquilidad y seguridad. La sorpresa nos quita el poder de tener todo bajo control.
Así es que están las que van a lo seguro, y lo bien que hacen, tienen el éxito asegurado. O al menos de eso las convencieron.
Y están las imprescindibles, dijo Bertolt. Las que disfrutan del vacío inminente. Jugando con ocultar todo el tiempo lo que tienen para mostrar, porque a fin de cuentas, solo necesitamos que nos sorprendan.
La Tabaré es una de estas.