Nunca trasladamos la sinceridad en nuestras letras a la presencia de nuestros ojos. Allí escondemos las risas y los miedos eternos, pero, al menos hoy, no parece tan grave. Nos cuesta distinguir los poemas muertos de las prosas regaladas sin razón. Nos cuesta volver a caminar por las esperas interminables.
Y la presencia se hace muchedumbre entre sonidos, que no solo acompaña, sino que apaña lo poco que queda. Ahí está el descubrir. En un ir y devenir de los espacios.
En las letras aparecen racimos de esquemas imposibles, doscientas veces lo viste, y giró y giró, como el plato y los rayos. Como los pedales, que no giran, pero parece.
¿o la presencia está arruinada por no saber? ¿o las palabras llegan aunque no existan? ¿o los montones se desparraman y nunca empezaremos a remediarlos?
Si vas a estar ahí, no esperes las lágrimas, porque ahogarte puede comenzar a parecerse a lo anormal. Repetí y no lo hagas.