Los hombres no lloran

No hacia tanto calor. Era uno más de esos viernes que íbamos a pasar la noche tomando algo. Era temprano. Todo pasaba mucho más tarde. No se bien por que ellos estaban ahí. Habitualmente llegaban cuando ya era muy tarde. Seríamos cinco o seis, no más ahí adentro.

Cuando el lugar estaba vacío nos acomodábamos en la barra, porque la soledad de las mesas era algo incómoda.

De imprevisto y apurada entró una persona que se acercó a las dos que teníamos al lado.
Lloraba.
No era solo una persona, no solo estaba llorando. Era un hombre de unos cuarenta y pico, inmenso, con campera y pantalón de cuero. Con una larga melena y lágrimas en sus ojos.

“Se murió el carpo” les dijo mientras los abrazaba.

Se hizo un silencio mucho más profundo del que ya había en el lugar. Ese silencio que nos desarma la cabeza cuando lo inesperado nos inunda.

Sigue siendo para mi un misterio la sensación que nos paraliza cuando uno de esos insustituibles ya dejan de compartir  este mundo con nosotros. Nadie se acordó en ese momento que, como rezan las estructuras, los hombres no deben llorar.

La noche que murió Pappo era viernes,

y era muy temprano.

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