Dueños

Uno de los mayores logros de la cultura en la que vivimos es el de habernos convencido que podemos ser dueños de algunas cosas que nunca tuvieron dueños.

Descartemos las cosas materiales, primer escalón de esa magnífica victoria. Es casi una verdad irrefutable que las cosas para existir como tales deben tener un dueño, pero realmente llamativo es que nos hayan convencido que las ideas pueden tener dueños.

Cualquier fulano puede arrogarse la propiedad individual y egoista de algo que se le ocurre. De algo que hace. De algo que piensa.

Semejante arrogancia no tiene antecedentes en la historia humana. Para que esto ocurra hemos desandado un largo camino en muy poco tiempo.

¿Cómo concebir y defender la propiedad individual de una creación cuando es el fruto de la vida en sociedad?

Tu canción, tu libro, tu poema, tu película, tu idea: no es tuya, es nuestra. Es el resultado de tu educación, las charlas con todas las personas que conocés, todos los libros y las canciones que escuchaste, y hasta los programas de TV que miraste. Es la consecuencia de tu relación amorosa, tus hijos, tus padres, y del sol que ves cada mañana. Es el resultado de tu interacción con todo lo que te rodea y de miles de años de cultura acumulada. ¿Cómo no verlo?

Al parecer hay un mecanismo muy rebuscado, que hemos naturalizado profundamente, que convierte a lo evidente en invisible, y lo que es peor, ese espejismo nos convence que somos mejores que el fulano que tenemos al lado.

¿Qué pasará el día que agotemos las combinaciones de palabras y espacios, de acordes y silencios; ese día en el que ya no queden libros ni canciones nuevas por crear? Ese día en el que ya no puedan existir nuevos dueños quizás no nos quede otra que comenzar a poner la vista un poco más allá.

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